• Ojos que no ven de Paz Errázuriz y Jorge Díaz

    Mariairis Flores

    Ojos que no ven es un proyecto transdisciplinar de casi dos años que se tradujo en un libro,1 a partir del cual se articuló una pequeña exposición que combinó nueve fotografías, textos desplegados en los muros y una pieza audiovisual realizada por Carolina Tironi.

    Ojos que no ven es un libro que intenta huir de los encasillamientos disciplinares, para ello propone una serie de cruces que no quieren amarrarse ni con la ciencia, ni con la fotografía, no obstante se nutre de ambas para instalarse como un trabajo artístico-editorial con eje en la ceguera. Desde el arte, la figura del ciego ha sido motivo de múltiples interpretaciones. Estas han variado a lo largo del tiempo e instalan a la ceguera desde la radicalidad del castigo hasta la sublimación del bendecido. Estos arquetipos y metáforas de lo artístico se diluyen en las convenciones vigentes en la sociedad para pensar a las personas ciegas, vinculándose peligrosamente con el paternalismo y la condescendencia. Por ello, es importante sacudir esas creencias y tener en consideración que independiente de las obras y teorías que han nutrido a la literatura y el arte, la ceguera es una realidad encarnada. De acuerdo a una investigación de la Sociedad Chilena de Oftalmología presentada a finales del año pasado, en Chile aproximadamente 80 mil personas son ciegas. Ojos que no ven se instala entonces en un punto medio o quizás en un punto ciego, entre la ceguera como metáfora y la ceguera como experiencia.

    El libro en su solapa nos recibe con una declaración tajante: “Este es un libro hecho para los videntes” y avanzadas unas páginas nos encontramos con que “para un ciego una fotografía no es más que un trozo de papel”. Esto es parte de un testimonio que J. Díaz recoge, luego de haber asistido con P. Errázuriz a un taller de cine para ciegos. Y si bien la ceguera podría ser una limitante obvia para relacionarse con la fotografía, el teatro o el cine, las personas ciegas que conocimos a lo largo del proyecto se despliegan en todas esas áreas, a través de diversas estrategias. La ceguera como asunto permite poner en tensión una serie de lógicas binarias que organizan la ficción dominante de lo real y que obligan a un falso posicionamiento donde lo uno anula a lo otro, algunas de estas son claridad/oscuridad, corporalidad/pensamiento y la más importante visión/ceguera. El libro busca desestabilizar dicha lógica, que sanciona simplificando, mostrando una realidad plana y polar en la que se evita lo indeterminado o aquello que fluctúa. Lo que el libro hace es justamente transitar y para ello las operaciones son variadas, van desde el cruce entre fotografía y ciencia hasta el diálogo en talleres con personas ciegas, cuya radicalidad nos impacta redirigiendo un norte que no termina de fijarse para este proyecto.

    Desde lo popular, el título del libro Ojos que no ven se completa con la frase “corazón que no siente”, este dicho, difundido desde una lógica ocularcéntrica como la que nos organiza, apunta a que no ver implica no saber y por tanto no sentir. Los ojos que componen este libro no ven, lo que no significa que habiten en la ignorancia, al contrario, estos ojos se han encargado de conocer, tal como el libro propone, a través de formas que nos resultan ajenas desde el acomodo vidente, permitiéndonos imaginar esas formas con el fin de enrarecer nuestros supuestos.

    El trabajo fotográfico en el libro es parte de un cuerpo de obra que P. Errázuriz ha venido construyendo a lo largo de décadas. Es común que se hable de su ojo, ese ojo que ha permitido mirar diferentes realidades, diferentes grupos humanos que construyen ficciones que les hacen posible el vivir. Al ver sus fotografías considero que sus retratados son parte de algo, que se arman una realidad y una comunidad. Existe un breve, pero potente texto de Clarice Lispector ―La soledad de no pertenecer― que habla sobre el pertenecer, sobre la envidia que le dan las monjas porque ellas pertenecen a Dios, y sobre cómo el pertenecer, su deseo más antiguo y primario, la atraviesa desde el nacimiento sin saciarse nunca. Las fotografías de P. Errázuriz refieren justamente a aquello, es posible ver en sus imágenes la pertenencia de esos sujetos, todos ellos pertenecen a algo, cuestión que trama también su fotografía, ya que esta surge de la fuerza de quien desea compartir esa pertenencia, pero sabe que no es la suya, algo así como envidiar a las monjas, quienes curiosamente también son parte del álbum fotográfico de Paz. Casi al final de su texto Lispector sostiene: “Y entonces lo supe, pertenecer es vivir”. Todos los retratados de Paz viven, viven pese a todo, pese a la internación psiquiátrica, pese al rechazo y muchas veces odio que implica desviar la norma sexual, pese a la represión brutal de la dictadura, pese a la ceguera.

    En su búsqueda de pertenencia, a finales de los sesenta P. Errázuriz tomó una cámara y salió a la calle, en ella se encontró con muchos y retrató a varios, entre ellos, personas ciegas. Recopiló cientos de fotografías realizadas durante décadas, sin que estas tuvieran un destino más allá del momento fugaz de capturar. Muchas de esas imágenes componen “Ojos que no ven” interpelando a los espectadores de modos diversos. Esto puedo graficarlo a partir de una experiencia personal. Hace unas semanas, cuando fui a la imprenta con Vicente Vargas ―el diseñador editorial― a dejar la copia final ―una maqueta impresa en un papel común―, me presentaron a la persona encargada de visar los colores en las máquinas. Él abrió la maqueta de manera distraída en una página al azar, miró y con entusiasmo dijo: “ese es don Marcos, siempre tocaba en el centro y cuando era niño e iba con mi mamá, ella me decía: ‘si te pierdes nos juntamos donde don Marcos’”. Reconoció a un fotografiado y activó instantáneamente sus recuerdos.

    La escritura de J. Díaz en tanto, nos invita a un tránsito tan variado como el de las fotografías. Nos lleva por la crónica, nos instala en la poesía, nos pasea por el ensayo, nos muestra una carta y nos exige desde el informe científico, a quienes poco sabemos de fóveas y escleróticas. Los textos se cruzan con citas a diversos escritores que han abordado la ceguera, avanzando en páginas con distintos tonos de grises. Los textos se cruzan con las fotografías de Paz impidiendo la monotonía, puesto que cada uno porta una intensidad, y estas intensidades no coinciden necesariamente. No hay un único tono, no hay una línea y por tanto, se puede ingresar al libro desde cualquier página. Al escribir esto vuelven a mi las palabras de Jorge: “La ceguera no puede leerse como si fuera una línea recta”, porque desde su activismo es importante insistir en las complejidades, en los desvíos, evitando las literalidades y lo que se conoce como el sentido común. En su escritura nada es obvio. La relación entre texto y fotografía se encuentra emancipada, no es una relación ilustrativa, sino que más bien se mueve desde las tensiones. J. Díaz no se dedica a describir imágenes, no obstante se hace evidente que estas son fundamentales en la escritura.

    Este libro habla sobre la mirada, la ceguera, los puntos ciegos y los ojos. Nos ofrece al ojo y su memoria, nos invita a conocer ojos apagados, plásticos, colectivos, inquietos, cognitivos, ojos de resistencia y ojos torcidos, entregando además una reflexión contingente a partir de los ojos de Nabila Rifo, caso representativo de la violencia de género, que evidenció la estructura patriarcal de la justicia chilena y deteniéndose también en los ojos de la fotógrafa. P. Errázuriz nos comparte su mirada, pero no sabemos mucho de ella. Un gesto interesante de la escritura de J. Díaz es contarnos más acerca de P. Errázuriz, en sus textos rescata momentos del estar junto, del proceso de pensar un libro, nos permite acceder a una parte que no suele quedar expuesta. El libro refleja una amistad, una complicidad que motiva el trabajo. Jorge es biólogo y activista, su escritura combina esto, sus lugares de acción. Desde ahí nos explica la composición del sistema visual, no sin antes advertirnos que la fisiología y los diversos sistemas biológicos fueron creados en estrecha relación con los contextos sociales e históricos que los acogieron, siendo todos parte de la “ficción política” que llamamos ciencia, citando sus palabras. Jorge nos habla su lenguaje “exacto” para divulgar entre lectores no especializados las contradicciones de este. Mientras P. Errázuriz devela las ficciones que se construyen para hacer posible el vivir, Jorge vuelve evidente que la ciencia es también una convención, una ficción consensuada que suele entenderse como lo real en sí mismo, tornándose normativa.

    En sus relatos sobre la ciencia, J. Díaz enfatiza que en el vocabulario de la anatomía abundan las ideas del entrecruce, en el caso de la visión, el ojo derecho lleva la información al hemisferio izquierdo y el ojo izquierdo al derecho. Desde mi perspectiva, Ojos que no ven réplica estos entrecruces, es fundamental ver las relaciones entre imágenes, colores y textos, las que a su vez portan subtextos disponibles para articular sentidos y esos sentidos se expanden a nuestro contexto social. “La pobreza del país está centrada en cómo se trata a los ciegos” sostiene J. Díaz y de acuerdo al mismo estudio que ya mencioné, el 89% de las personas con complicaciones visuales viven en países de ingresos bajos y medios. Lo que reafirma su planteamiento y da cuenta de que la realidad desigual también influye en el número de personas discapacitadas que existen.

    La exposición en tanto, propuso un recorrido en torno a 9 piezas fotográficas, el libro contiene más de 60 fotografías. Digo piezas, ya que son 7 fotografías enmarcadas, una secuencia fotográfica de más de dos metros de largo cubierta con acrílicos y un acrílico de menor formato que nos muestra tres pares de ojos ciegos. Se suman a esto el video Ojos textuales de C. Tironi y una selección de textos breves de J. Díaz que se despliegan en los muros. Podríamos definir, acorde a la disposición espacial, que hay un primer núcleo compuesto por 3 de las fotografías enmarcadas. La primera de ellas nos muestran un par de músicos callejeros ataviados con un violín y un acordeón respectivamente, además cada uno carga con un par de ojos ciegos. La segunda fotografía nos muestra a un hombre saliendo de una tienda, en cuya vitrina se ve con claridad un afiche que anuncia la exposición del artista Carlos Altamirano en la galería Cromo, realizada en el año 1977. Esta imagen es la única que nos ubica temporalmente de forma explícita, todas las demás levantan una interrogante respecto del momento en que fueron tomadas. La tercera de estas fotografías de calle, nos muestra a un hombre que pide limosna con un cartel en su solapa que dice: CIEGO. Una etiqueta que resulta descarnada y reductiva, nunca se es solo uno, ya que las identidades se configuran desde los cruces y los contextos. A partir de su imagen podríamos afirmar también que es un hombre y que además es viejo y pobre, ¿todo esto nos dice algo sobre él? Sí y no, puesto que los sujetos se configuran desde entramados complejos. En esta fotografía la atención se concentra inevitablemente en sus ojos, los que son tan blancos que parecen haber sido recortados digitalmente. Estos ojos vaciados nos recuerdan al universo de la ceguera infinitamente blanco que describe José Saramago en su libro Ensayo sobre la ceguera (1995) y que J. Díaz recoge para tensionar la idea de la ceguera como oscuridad. Este núcleo se completa con el siguiente escrito de J. Díaz: “La irritación ante el privilegio de lo visual en esta sociedad aquí en estos ojos”.

    El segundo núcleo de imágenes lo componen dos fotografías a mujeres, la primera es una toma de medio cuerpo a una joven que viste un traje de dos piezas y entre sus manos sostiene su cartera. En unos de los textos del libro J. Díaz se detiene sobre el hecho de que él ve pocas mujeres caminando por la ciudad, hace un par de preguntas a mi juicio incómodas: “¿Por qué vemos principalmente ciegos caminando por la ciudad? ¿Es que acaso las mujeres ciegas no salen de sus casas, no conocen la ciudad?”. Creo que esta pregunta se responde en relación al archivo fotográfico de P. Errázuriz en el que las fotografías de mujeres responden a fotografías concertadas y no en la calle. Su trabajo fotográfico comenzó en un tiempo en el que salir a la calle estaba negado por un doble condición, el ser mujer y la represión impuesta por la dictadura militar. Si a esto sumamos una tercera condición, a saber, la ceguera, el tránsito por los espacios públicos se vuelve impensable. Es importante mencionar que las condiciones han cambiado y que en el presente no son solo hombres quienes circulan por los espacios públicos. La segunda fotografía es a tres mujeres ciegas y ancianas en el corredor de una casa antigua, las que como una pintura negra de Goya, nos recuerdan el paso del tiempo. Junto a estas imágenes leemos: “Rebelarse contra la tiranía de ver” y a partir de esto, propongo imaginar todo a lo que estas mujeres han tenido que rebelarse. Todas estas fotografías se encuentran en la primera parte del libro y a ellas se suma un desplegable, el que en la exposición se encuentra como una secuencia y al que he denominado como pieza fotográfica. Esta hace un guiño a la editorialidad del libro y sus páginas, en ella vemos a una joven albina que juega con su bastón, elemento constitutivo del asumirse como ciego, de acuerdo a las experiencias que hemos recogido. Esta secuencia contrasta con las otras fotografías de mujeres, mucho más estáticas y graves. Esta secuencia muestra una complicidad entre la fotógrafa y quien posa, dispuesta a entregarse a lo lúdico/lúcido y a la cámara.

    La exposición recibe al espectador con unas imágenes disruptivas, solo pares de ojos ciegos se enfrentan a nosotros, parecen haber sido vividiseccionados, no obstante el encuadre es pulcro y serial. Cristeva Cabello, activista de la palabra y comunicador social, en la presentación del libro realizada en Puerto Montt decía: “Vemos tan de cerca estos pares de ojos que nos muestran esta multiplicidad de cegueras, aquí P. Errázuriz recorta el retrato como institución de la fotografía y realiza una disección tecnológica del rostro de un ciego, una superposición subversiva entre fotografía digital y la frialdad de la visualidad científica para hacer un zoom en esos detalles que no son parte de las imágenes mercancía”. Estos ojos siempre nos han sido negados, no podemos verlos, no debemos verlos, porque no nos devuelven la mirada, miramos a los ojos a quien no puede mirarnos. Es habitual que las personas ciegas cubran sus ojos con lentes de sol, cabe preguntarnos si eso responde a un deseo propio o a una imposición externa que le informa que en sus ojos no se encuentra la belleza, no son imágenes mercancía como nos recuerda C. Cabello. Estos pares de ojos recortados instalan preguntas acerca del deseo y la mirada, acerca de lo permitido y lo negado, ¿por qué no pueden socializarse estos ojos ciegos? Se quiebra lo deseado, se recorta como un rectángulo a escala. La última y séptima fotografía es pequeña, no comparte el formato de las demás. Se trata de una imagen que no está en el libro. Es una pareja de jóvenes ciegos que se abraza dando cuenta de que existe una relación amorosa entre ambos, P. Errazuriz tenía muchas fotografías de este tipo, no obstante no entraron en el libro. Esta pareja comparte muro con un texto de J. Díaz, también pensado solo para la exposición, que narra los deseos de ellos como pareja transdisciplinar que se pierde en un camino.

    El video de C. Tironi Ojos textuales es lo que completa este recorrido escrito que he propuesto. Este video articula su relato visual en torno al poema Defensa de la ceguera de Lorenzo Morales, técnico en telecomunicaciones y artista multidisciplinar (como lo denominan los autores), este poema es también el epílogo del libro y porta la fuerza del pertenecer, L. Morales hace de la ceguera una epistemología y la expande a todos los lugares que habita. En el video el poema es “recitado” por una voz femenina y metálica generada por un software como la que suelen oír los ciegos al usar sus teléfonos y/o computadores. El video tiene un carácter anti-humanista que puede ser leído en dos sentidos, el primero y más preciso, en la medida en que su propuesta descentra la lógica universal del hombre y con ello la del ocularcentrismo, y el segundo, un poco más forzado, en la medida en que no remite a lo humano, sino que se construye desde imágenes técnicas asociada a la oftalmología y con imágenes de ojos animales que son cercenados y expuestos como pura carne, como pura materialidad. No hay compasión, no hay suavidad, ni calma, cuando la voz metálica se detiene y aparecen estos ojos desgarrados, los sonidos del roce de los bastones inundan todo. El video se divide en dos partes, de la primera que contiene imágenes técnicas y el poema, pasamos a una segunda cuya transición da la impresión de que veremos la luz, la cámara parece encontrarse al interior de un ojo cuya materialidad no es transparente y se mira hacia adentro, desde ahí todo son ojos fuera de sus cuencas, desgarrados y reducidos.

    Considero que el libro es una instancia y la exposición una experiencia para pensar los modos en que se nos ha formado, para cuestionar lo que se supone natural o normal. Nada es ingenuo, no hay casualidades. Este proyecto es una invitación a pensar con otros, puesto que en el vínculo con otros es donde se van ampliando nuestros propios límites, los que deben estar en constante movimiento.

    Fotografías de Andrés Muñoz, Centro Cultural Diego Rivera, Puerto Montt.

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