La violencia escolar en la Argentina, el bullying y la prevención

Ricardo D’Amico, graduado de la Lic. en Resolución de Conflictos y Mediación de la UNTREF, reflexionó sobre las señales previas a los conflictos, el rol de la comunidad educativa y la necesidad de intervenir antes de que la violencia escale.

07-04-2026

Un hecho de violencia ocurrido en una escuela de San Cristóbal, provincia de Santa Fe, volvió a poner en la agenda de debate la problemática del bullying y la convivencia escolar en la Argentina. El episodio ocurrió cuando un estudiante de 15 años ingresó armado a la Escuela Nº 40 y disparó contra sus compañeros. Como consecuencia del ataque, un alumno de 13 años murió y varios estudiantes resultaron heridos, provocando una gran conmoción en la comunidad.

El graduado de la Licenciatura en Resolución de Conflictos y Mediación Ricardo D’Amico, autor del libro Desenredar el conflicto. Educación y mediación en movimiento, propone analizar estos hechos desde una perspectiva que priorice la detección temprana de las señales. “La violencia que termina en muerte nos obliga a detenernos, pensar y revisar qué está ocurriendo en nuestras instituciones educativas y, más ampliamente, en nuestra sociedad”, afirma.

D´Amico recuerda que no es la primera vez que un episodio de estas características ocurre en la Argentina y toma como antecedente lo sucedido en Carmen de Patagones en el año 2004. En aquella ocasión, en la Escuela Media Nº 202 Islas Malvinas, Rafael Junior Solich, de 15 años, mató a tres de sus compañeros e hirió a cinco. Para el graduado de la UNTREF este hecho “permanece en la memoria colectiva y demuestra que no estamos frente a episodios aislados, sino ante emergentes de problemáticas más profundas”. Según él, los conflictos no aparecen de manera espontánea ni azarosa: se construyen en el tiempo y están atravesados por múltiples variables. Por eso, cuando llegan a su punto más extremo, ya es tarde. “Las señales previas y la prevención no son aspectos secundarios: son el núcleo del problema”, observa.

Datos que demuestran la magnitud del problema

Para comprender estos hechos es necesario situarlos en un contexto más amplio: el bullying y el ciberbullying. La Argentina se encuentra entre los países con mayor incidencia a nivel mundial, ubicándose con frecuencia dentro de los primeros diez puestos en rankings internacionales. Según datos proporcionados por la organización Bullying Sin Fronteras, 7 de cada 10 niños y adolescentes en nuestro país sufren algún tipo de acoso escolar, por lo que es señalado como uno de los que presenta mayor cantidad de casos de ciberacoso infantil en América Latina. Esta ONG internacional observó, además, que el 77% de los episodios se ocasionan dentro de las escuelas mientras que el 38% se desarrolla en las redes sociales. “Estos números no solo describen una realidad: la interpelan. Hablan de una problemática estructural que excede a los casos individuales y que requiere respuestas sistémicas. En este marco, la Ley 26.892, orientada a promover la convivencia en las instituciones educativas, constituye un avance significativo. Sin embargo, la distancia entre la norma y su implementación efectiva sigue siendo un desafío pendiente”, opina el autor.

Todo hecho de violencia extrema suele estar precedido por señales: situaciones de hostigamiento sostenido, aislamiento, exclusión, burlas, silencios, cambios conductuales o sufrimiento emocional no canalizado. Según D’Amico, la pregunta central no es si esas señales existieron, sino si fuimos capaces de verlas, interpretarlas y actuar a tiempo. La prevención deja de ser, entonces, un concepto abstracto para convertirse en una práctica concreta: escuchar, observar e intervenir tempranamente.

El rol de los espectadores

Uno de los aportes centrales observados por el graduado de la UNTREF es la necesidad de corrernos de una mirada binaria sobre el bullying que involucra solo al agresor y a la víctima para incorporar un tercer actor: los espectadores. “La mayoría de los estudiantes no agrede, pero tampoco interviene. Esa pasividad, lejos de ser neutral, muchas veces refuerza la situación de violencia. Trabajar con ese grupo es estratégico: transformar la indiferencia en compromiso implica educar en la empatía, la responsabilidad colectiva y la capacidad de intervención desde el cuidado”, sugiere. Para él, no se posible analizar lo que ocurre en las escuelas sin mirar también el contexto social más amplio, en el que los discursos de agresión, descalificación e intolerancia hacia quien piensa distinto se vuelven cada vez más frecuentes. “Cuando el otro pasa a ser visto como un enemigo, la convivencia se vuelve frágil. En este sentido, los acuerdos de convivencia escolar deben dejar de ser documentos formales para convertirse en prácticas vivas, construidas colectivamente”, opina.

Asimismo, remarca que las experiencias educativas que promueven el encuentro —–como proyectos cooperativos, actividades compartidas o salidas al medio natural- generan condiciones para fortalecer vínculos, desarrollar empatía y aprender a resolver conflictos de manera no violenta. Considera que cada hecho, como el ocurrido en San Cristóbal o el de Carmen de Patagones,  nos enfrenta con una verdad incómoda: como sociedad seguimos llegando tarde. Intervenimos cuando el conflicto ya se expresó en su forma más devastadora.

Finalmente, D`Amico resalta que las acciones claves para frenar esta violencia tienen que ver con detectar a tiempo, escuchar antes que sancionar, intervenir antes que lamentar y educar para la convivencia, no solo para el conocimiento. Sostiene que, en definitiva,  la violencia no es el inicio del problema: es el resultado de múltiples nudos que no supimos desatar. “En esos nudos –silencios, omisiones e indiferencias- también hay una responsabilidad colectiva que debemos asumir”, concluye.