• Sobre Chiquita de Julián Sorter

    Emmanuel Franco

    Parece un panorama desolador para el arte: existen tantos problemas como obras y artistas, las galerías de arte invierten esfuerzo material y simbólico en la circulación de ideas. Algunos galeristas se las ingenian para transformar exhibiciones en elegantes tenedores libres y muchas veces el artista se autoexige “vender” antes que “crear”. Existen las grandes ferias, los eventos, los micrófonos, las redes sociales, tal vez la crítica y en una esquina las obras de arte, sudando las expectativas de todos los agentes involucrados, listas para la próxima pantomima.

    Son varios los artistas que intentan trabajar por fuera de esta premisa o ponerle una máscara a la situación. Artistas exiliados de las instituciones o inventando las propias. La antorcha de la crítica institucional se encendió hace largo rato y muchos se acomodan, algunos mejor que otros, frente a su fuego. El proyecto Chiquita de Julián Sorter es uno de los tantos que se inventan nuevos movimientos ante la oferta y demanda. Nace en 2016 cuando el artista aplicó a un programa de formación y fue rechazado. Ante la imposibilidad de contar con un espacio para mostrar su obra y la de otros recurre a un pequeño gesto conceptual: decide tomar una caja de té y darle las propiedades ficticias de una galería, museo, centro cultural o boliche portátil. La caja es la excusa para armar exhibiciones en espacios públicos como en galerías de amigos, Sorter parece preocuparse por aquello que no encaja en ciertos circuitos oficiales y opta por pregonar la idea de lo pequeño, un cuadrado blanco que entra en la palma de la mano o el extraño espacio Alpha Centauri, renovado bajo la dirección de Nina Kovensky. La mayoría de las exhibiciones de Chiquita solo duraron una tarde, no se oxidaron a la espera de nadie y las obras interactuaron con un público heterogéneo de artistas amigos e inclusive una niña que se tomaba una selfie con una escultura de Victoria Pagani. Una de las exhibiciones más destacadas fue El Gusto es nuestro 2. Para la misma se abrió una convocatoria donde cualquiera persona podía participar y convivir con otros artistas, sin saber quien pudiera ser su vecino en las paredes. El gusto, el capricho y las nuevas relaciones entre los artistas que todos conocemos con aquellos que están del “otro lado” del circuito eran los pilares de una curaduría aparentemente modesta.

    El debate se abre a pensar las dinámicas que diferencian un proyecto como Chiquita de una exhibición en una galería de Villa Crespo o La Boca. ¿Se pueden repetir los mismos vicios en un espacio alternativo? Estamos en un extraño momento de hibridación donde hasta lo más pequeño responde a las máximas de las industrias culturales. En el juego de la creación artística nadie es inocente y la sensación conocida de estar siendo observado, en lo que somos y hacemos, opera a la hora de construir nuevos proyectos. Diana Aisemberg lo dijo: la escuela nunca necesitó un edificio. Eso puede aplicarse a la propuesta de Julián Sorter, es más, se podría agregar que toda obra no necesita un espacio, necesita de unos ojos que la observen.

    El gusto es nuestro, 2018
    Victoria Papagni, Victoria, 2018
    Emilio Bianchic, Playa, 2018
    Daniel Joglar, Para mantener las cosas juntas, 2016

    La Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) ha realizado los mayores esfuerzos para localizar a los posibles titulares de derechos de las obras de terceros reproducidas en esta publicación. Por cualquier omisión que pudiera haberse dado por favor contactarse con revistadeestudioscuratoriales@untref.edu.ar.

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