• El barrio como escuela

    Santiago Villanueva

    Esta reseña analiza la exposición retrospectiva del pintor argentino Víctor Cúnsolo (1898-1937), uno de los representantes emblemáticos de la Escuela de La Boca. A través de un detallado recorrido, el autor reflexiona sobre la curaduría, las tensiones entre la tradición y la vanguardia y las influencias del artista en el arte contemporáneo.

    La retrospectiva de Víctor Cúnsolo (1898-1937) en el Espacio de Arte de Fundación Osde encara una relectura del artista desde material fotográfico del barrio de La Boca estableciendo cruces entre su obra y el registro documental. Acompañada por trabajos de sus contemporáneos, la muestra recorre, a partir de núcleos cronológicos, la breve pero compleja producción del artista.

    Desde hace varios años el espacio dedicado al arte de la Fundación Osde ha generado una tipología de exhibiciones que representa y complejiza las discusiones que se dan dentro del plantel de historiadores del arte que, en general, circulan en lugares de acceso reducido y sin proponer formas para desplegar sus investigaciones por fuera de los “papers” y las “jornadas”. Lo cierto es que todo el esfuerzo de horas de búsqueda bibliográfica, de trabajo en hemerotecas y de pensar nuevas y distintas hipótesis muchas veces recorre caminos breves y su textualidad alcanza una extensión que es difícil de abordar. Bajo la dirección de María Teresa Constantin, la Fundación Osde presenta ensayos curatoriales que parten del lenguaje burocrático de la investigación y lo llevan al plano de la exhibición abriendo un lugar que insiste en llevar al espacio el oficio del historiador. Así podemos recordar grandes retrospectivas que fueron tan necesarias como reveladoras, de Juan Pablo Renzi a Aida Carballo, o muestras colectivas como Arte de sistemas, curada por María José Herrera y Mariana Marchesi, o El realismo como vanguardia, curada por Guillermo Fantoni.

    El pasado 17 de noviembre se inauguró una particular retrospectiva de Víctor Cúnsolo titulada Una geografía del silencio curada por María Teresa Constantin y el equipo de la Fundación, Carolina Cuervo, Susana Nieto y Gabriela Vicente Irrazábal. Aunque responde a la tipología mencionada antes, la recuperación de la figura de Cúnsolo, que tuvo escasas revisiones, trae varias discusiones que parten del seno más íntimo de la Escuela de La Boca hasta llegar a cuestiones referidas al propio barrio y las transformaciones sufridas en los últimos años.

    La exhibición presenta de modo cronológico la pintura de Cúnsolo y acompaña el recorrido con obras de otros artistas de su generación con los que su obra discutió y convivió. A su vez, la obra producida en vínculo con La Boca es acompañada por un registro documental de fotografías en blanco y negro del barrio que refieren a las imágenes pintadas, muchas de ellas parecen alusiones directas, otras se aproximan a la geografía urbana elegida por el artista. Creo que desde este punto debemos dilucidar la postura y el guion de la curaduría y, desde allí, proyectarla al resto de los núcleos que componen la exposición.

    En la distancia entre la imagen documental y la propuesta de Cúnsolo encontramos la decisión de imaginar un barrio a través de la melancolía del presente. Aquí las abundantes relaciones con la pintura metafísica y con Giorgio Di Chirico no alcanzan para pensar a este grupo de artistas, más allá de estar presentes en sus búsquedas y explicitadas en algunas de sus obras.

    Es inevitable pensar la exhibición fuera de las transformaciones sucedidas en este último tiempo en La Boca, llamado Distrito de las Artes como parte de un programa de nuevas dinámicas inmobiliarias promovido por el gobierno local en diferentes zonas de la ciudad. Si el grupo de artistas que vivió y pintó en el barrio construyó en la persistencia y repetición de sus imágenes un imaginario propio –encabezado por Quinquela y su vida novelesca–, el turismo y las galerías de arte no solo han absorbido esa experiencia sino que, a su vez, han invertido la cara de la moneda. Si La Boca antes era una escuela, hoy es una feria de arte. Exhibir a Cúnsolo de modo retrospectivo, haciendo hincapié en la documentación fotográfica, es hablar de las transformaciones de la ciudad, de cómo las mismas intenciones pueden ser enemigas del proyecto de un artista. La presentación de Art Basel en la Usina de las Artes es, tal vez, la coronación de este proceso: nada más distante de una obra de Alfredo Lazzari que una feria con sede en Miami, Basel, Hong Kong y, ahora, Buenos Aires.

    Víctor Cúnsolo está presente en la producción de muchos artistas de generaciones recientes que, transitando la pintura figurativa o un interés por el paisaje, encuentran en sus obras, como en otros artistas de los años treinta, un extrañamiento de las formas y una personificación en la naturaleza. De María Guerrieri a Claudia del Río, las reflexiones cruzan tanto la fascinación por su figura como su particular paleta. Tradición, pintada por Cúnsolo en 1931, es tal vez la obra más reconocida y citada por su extraña composición que, entre libros, catálogos y revistas, conforma la proyección de los intereses de los artistas de esa época desde una serie de objetos íntimos. La exposición le da un lugar central a esta pintura y reconstruye en una vitrina las publicaciones que la componen. A su vez, la emparenta con otra naturaleza muerta de Fortunato Lacámera, titulada Biblioteca casera, que se estructura del mismo modo. Son obras que demuestran la clara elaboración de un programa, exponen sus propias referencias desde una mesa de trabajo. Proclaman un cruce entre tradición y vanguardia, entendiendo cada término como un espacio que se redefine en términos locales, y establecen una correlación entre proyectos artísticos con una amplia distancia temporal.

    La obra de Cúnsolo recupera en esta exhibición lo que el historiador uruguayo Gabriel Peluffo Linari llamó “el oficio de la ilusión”, el germen transformador de la imagen que recorre lugares inesperados provocando que el paisaje modifique una geografía.

    Adolfo Bellocq, Usina eléctrica, c. 1930, grabado en madera.
    Víctor Cúnsolo, Tradición, 1931, óleo s/cartón, 91,5 x 122 cm, Museo Provincial de Bellas Artes Emilio Pettoruti, La Plata.
    Fortunato Lacámera, Biblioteca casera, c. 1938, óleo s/hardboard, 95 x 70cm, Museo Benito Quinquela Martín, Buenos Aires.
    Víctor Cúnsolo, Niebla [Niebla en la Isla Maciel], 1930, óleo s/cartón, 49,5 x 59,5, Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori, Buenos Aires.
    Víctor Cúnsolo, Niebla [Niebla Isla Maciel], 1931, óleo s/cartón, 50 x 59 cm, Colección particular.
    Víctor Cúnsolo, Vuelta de Rocha, 1931, óleo s/hardboard, 68 x 97 cm, Colección particular.
    Víctor Cúnsolo, Vuelta de Rocha, 1929, óleo s/hardboard, 69 x 79 cm, Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.
    Víctor Cúnsolo, Paisaje de La Rioja, 1937, óleo s/hardboard, 69 x 58 cm, Colección Mauricio I. Neuman.
    Las imágenes son cortesía del Espacio de Arte de la Fundación Osde, Buenos Aires.

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