• Año 4 N° 5 Otoño 2017

    Dossier

    Introducción.

    Florencia Battiti

    Hasta hace algunos años hubiese resultado extraño (si no improbable) que una publicación dedicada a los estudios curatoriales abordara cuestiones relacionadas con la memoria y los derechos humanos. Hoy, se sabe, existen numerosas instituciones en nuestro país y en el mundo que incluyen exposiciones de artes visuales en el núcleo de sus políticas y, por ende, que asumen la práctica curatorial como portadora de ideología. Así, las exposiciones vienen siendo objeto de estudios específicos que las consideran como formas visuales de conocimiento ubicándolas en el cruce entre un saber puramente argumentativo y los sentidos abiertos y plurales de las obras de arte. Porque si bien las obras surgen en contextos históricos y sociales determinados, sabemos que no permanecen atadas al ámbito en el que fueron realizadas, sino que se activan siempre que se las interpele. Sus sentidos se actualizan cada vez que se las interroga, cada vez que se las aborda y esta facultad las habilita para desplazarse y transitar por diversas constelaciones de significado tensionando y vinculando problemáticas del pasado, el presente y el futuro.

    Este dossier reúne algunas reflexiones acerca de las condiciones estético-políticas y conceptuales implicadas en proyectos que articulan el arte y la memoria. Los tres autores convocados tienen amplia experiencia personal e institucional en relación con el modo en que el arte y la práctica curatorial se constituyen en formas de discurso y, a su vez, en la naturaleza narrativa que anida en el seno de todo discurso. Así, sus intervenciones arrojan luz sobre algunos aspectos e inevitablemente oscurecen o borran otros. No obstante, y en el marco de nuestra historia reciente y de una memoria caliente que aún se estremece en diversos registros de la esfera social, sus aportes no descuidan la vinculación indispensable entre las memorias del pasado y las problemáticas del presente.

    A través de tonos y texturas muy distintos, Rubén Chababo, Laura Ponisio y Marcelo Brodsky desarrollan sus artículos. A lo largo de sus relatos podremos comprobar la notable relevancia que el trabajo con archivos –personales y/o institucionales− ha adquirido en la práctica artística contemporánea. Ya sea consultados desde su habitual espacio de conservación o utilizados como materia prima de la propia obra, los archivos –cuando irrumpen en el ámbito del arte− pueden tornarse una particular fuente de comunicación emocional que se suma a su inherente valor documental, transitando así entre lo privado y lo público, entre lo secreto y la exposición.

    Así, haciendo uso de la poeticidad de su pluma, Rubén Chababo, ex director del Museo de la Memoria de Rosario, se sumerge y analiza la obra del joven artista Darío Ares. En ella, la muerte y la violencia que habita en los márgenes de la ciudad de Rosario amplifica el drama de un presente global marcado por la inequidad social que se devora, día tras día, las vidas de cientos de jóvenes. La obra de Ares se va construyendo a partir de la confección de un archivo de necrológicas policiales que el propio artista elabora como un intento de brindar visibilidad y rescatar del olvido a quienes parecen vivir en permanente “estado de excepción”.

    Por su parte, Laura Ponisio describe el modo en el que, desde su apertura en 2002, el Museo de Arte y Memoria de la ciudad de La Plata fue construyendo un programa de acción curatorial que se alinea con las políticas de memoria y derechos humanos que impulsa la Comisión Provincial de la Memoria (CPM)1, un organismo público extrapoderes que funciona de manera autónoma y autárquica desarrollando actividades de investigación y transmisión sobre las violaciones a los derechos humanos cometidas en la historia reciente de nuestro país. Desde su práctica como curadora del museo, Ponisio da cuenta del modo en que la institución se piensa y repiensa en función de la comunidad a la que se dirige y las problemáticas político-sociales que interpelan a dicha comunidad.

    Por último, en primera persona y con un sesgo autobiográfico, Marcelo Brodsky relata el modo en que su pasado y su presente como artista y activista por los derechos humanos se cruzan triste e inesperadamente a partir de la masacre de Ayotzinapa. Así, su reconocida fotografía del Colegio Nacional de Buenos Aires (en la que Brodsky interviene señalando los destinos de sus compañeros desaparecidos y exiliados durante la última dictadura militar) se convierte en soporte formal y conceptual de una campaña visual internacional que denuncia el asesinato y la desaparición de los 43 alumnos en la ciudad de Iguala en México. Interpelado por la violencia del presente, Brodsky activa y resignifica no solo la matriz de su obra, sino su propio accionar como activista político.

    Cada uno de estos aportes, no sin matices, confirma el carácter dialéctico (en el sentido de dialógico) de la práctica artística y curatorial. Las imágenes, sus usos y abordajes –ya sea desde la teoría crítica, la curaduría institucional o la elaboración de proyectos de activismo visual– dan cuenta, una vez más, de su extraordinario poder argumentativo, su alta carga de poeticidad, su capacidad de proporcionar recursos que incrementen la potencia de pensamiento y, fundamentalmente, de su innegable facultad de intervención política.

Curadurías

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