El legado de las revoluciones

12-04-2017

A 100 años de la Revolución de Octubre pensadores de distintas partes del mundo debatieron sobre las nuevas formas de resistencia

Algunos historiadores anunciaron que el siglo XX era el del fin de las revoluciones. Pero a 100 años de la Revolución de Octubre, otras formas de revuelta surgen como cuestionadoras del status quo.

Formas que no necesariamente son marxistas. Hoy el abigarramiento, el conjunto de demandas nacidas de distintos grupos o colectivos que se articulan entre sí, es lo que algunos proponen como fuerza transformadora.

“La multitud global es  un bloque de poder que puede desafiar las prácticas de seguridad nacional de los Estados y del capitalismo global”, comentó la investigadora estadounidense Susan Buck-Morss, de la Cornell University,  en el Coloquio Internacional Pasado de Revoluciones, organizado por el Programa de Estudios Latinoamericanos Contemporáneos y Comparados de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF).

Junto a ella, especialistas de distintas partes del mundo se reunieron en el teatro Xirgu Espacio UNTREF para debatir acerca del rico legado de las revoluciones de antaño y las nuevas formas de resistencia.

 

Actores políticos

Para Buck-Morss, la clase trabajadora internacional dejó de ser la protagonista exclusiva de las revueltas y grupos conformados por mujeres, minorías étnicas, religiosas, indígenas, ambientalistas o globalifóbicos son los nuevos actores políticos.

“La multitud no tiene barreras, está abierta a todas las poblaciones inmensamente diversas del mundo y su efectividad política depende de una sincronicidad de acciones. No hay un sujeto histórico y trascendental. La subjetividad revolucionaria es la consecuencia de la organización coyuntural. Lo colectivo es plural. En esto el compromiso local se combina con una conciencia global”, aseguró.

Según la experta, el cambio más grande producido en la resistencia fue en 2003, cuando en el marco de la Primavera Árabe los ciudadanos se hicieron del espacio público y le dijeron que no a la guerra. Como graficó, los ecos de esas acciones aparecieron luego en las movilizaciones de Wall Street, Rusia y Buenos Aires. “La resistencia pasiva es un arma muy poderosa”, subrayó la pensadora.

Además agregó que el culto a la violencia y a la destrucción física del enemigo no es una estrategia política progresista. “Todas las guerras, y particularmente las guerras de clase, son civiles e internacionales a la vez”, dijo. Para Buck-Morss el modelo de la lucha revolucionaria debe ser detener la lucha de clases, la eliminación de esa guerra, y dijo que el capitalismo, que mata a millones de personas, no es un agente político.

“Lo que tenemos que hacer es deshacernos de la personificación del capitalismo como si controlara el mundo por la astucia de su razón, que es un mito de la era moderna”, concluyó. Al igual que su colega, Bruno Bosteels, también de la Cornell University, indicó que estamos atravesando un cambio de época.

 

Antiestatal  y anarquista

“Asistimos globalmente al auge de una posición antiestatal y anarquista, una nueva era de revueltas callejeras”, expresó Bosteels. Y lo ejemplificó con el estallido de 2001 en Argentina y el Caracazo en Venezuela. Lejos de la idea de la revolución como toma de poder del Estado, lo que aparece en la actualidad es “una escena mixta”, aseguró el experto. Hay figuras como la Comuna de París, una experiencia precapitalista, que ponen de relieve lo comunitario y lo común.

“La historia y el recuerdo de las luchas ocurren de una manera no lineal, imprevista y subterránea”, señaló, y puso como ejemplo la Comuna de Oaxaca, en México.  Para él, lo sustancial de la revolución mexicana es que permite pensar el destino histórico de las llamadas comunidades originarias. “Los zapatistas nunca intentaron hacerse con el poder centralizador del Estado, luchaban contra el Estado”.

Otros, como Eduardo Grüner, de la Universidad de Buenos Aires, se detuvieron en los discursos que buscan congelar a la revolución en el fracaso, la tortura y las atrocidades, sacándole el potencial para el presente y el futuro. “La revolución puede decirse de muchas maneras”, dijo el sociólogo. “Se nacionaliza: puede ser francesa, cubana, china, rusa; o puede servirse del calendario, instalándose en mayo u octubre. Esto implica la imposibilidad de su asimilación”, prosiguió.

 

Ética y épica

Pero su mirada aguda se posó sobre las operaciones discursivas que buscan neutralizarla. “Toda revolución auténtica es la que disloca las imágenes de la modernidad eurocéntrica. Al decir que la revolución fracasó, el núcleo del imaginario revolucionario es condenado en nombre de sus efectos”,  remarcó. En su opinión, esto hace que se olvide la ética y la épica del proceso, y dijo que “hay que reivindicar el valor de la lucha en sí misma”.

Como hito se refirió a la Revolución Haitiana de 1804, en la que el grupo más explotado, los esclavos de esa colonia francesa, tomaron el poder y fundaron una nueva nación. Después de la revolución, Haití quedó dividida en cuatro estados y sobrevino el caos. “La revolución fracasó, pero sus huellas están presentes en la actualidad, atravesaron todo occidente a partir de la cuestión de la negritud”, evaluó.

“También podemos hablar de una derrota del capitalismo. Estamos cansados de todo ese malestar, de las cadenas de autoexplotaciones, de la vida organizada a partir del rédito económico”, afirmó por su parte Silvio Lang, de Escena Política, un colectivo de activistas culturales de Buenos Aires. Y propuso pensar la revuelta como insurrecciones afectivas, de cuya articulación surge lo común.

Ramón Pajuelo, del Instituto de Estudios Peruanos, un centro de investigación en ciencias sociales de Lima, compartió su experiencia como parte de un colectivo universitario que se opuso al régimen de Fujimori, que se dio en el contexto de un proceso de desarticulación social y de una crisis de representación política. “La hegemonía neoliberal quedó legitimada por la derrota de la subversión”, comentó.  Pajuelo explicó que en esa coyuntura hacer izquierda en partidos políticos era insuficiente, que el verticalismo de estos no condecía con la verdadera acción revolucionaria.

“Conformamos un espacio más igualitario, nos reuníamos en la casa de Mariátegui, donde hacíamos largas reuniones hasta generar un consenso”, rememoró. Según relató, pronto comenzaron a aparecer otros colectivos similares fuera de Lima, y se dio una articulación a través de redes. “Asumimos la revolución como la construcción de una manera de vivir, como un horizonte civilizatorio superador del capitalismo”, sintetizó. 

 

Populismos

Otros expositores tomaron el caso de los procesos políticos que están ocurriendo en Estados Unidos y el surgimiento de los populismos de izquierda y de derecha. “Trump es un populista de derecha”, aseguró Jeffrey Jury, de la Northeastern University, y se ubicó en la crisis financiera de 2008, que profundizó las desigualdades y produjo un estancamiento económico de las clases bajas y medias. “Eso favoreció el crecimiento de los populismos, los de izquierda que buscan frenar el avance del mercado por vía democrática, y los de derecha que lo hacen por vía autoritaria”, ilustró.

Pero lo llamativo es la cantidad de simpatizantes de Bernie Sanders, referente del populismo de izquierda estadounidense, que en la votación final optaron por Trump. “Hillary Clinton representa a una izquierda neoliberal, y frente a eso, los que apoyaban a Sanders prefirieron al otro populismo”, explicó por su parte Luis Alberto Fernández, de la Northern Arizona University.

De acuerdo a la definición de Ernesto Laclau, los populismos surgen cuando las demandas que tienen los grupos no pueden ser absorbidas por el Estado, cuando esas demandas se conectan entre sí y cristalizan en símbolos. “Los líderes como Trump ven esto y dicen ‘Yo puedo ocuparme’”, acotó Fernández. En su caracterización del populismo de derecha, los etnógrafos manifestaron su preocupación por el sentido de pérdida de control que le dan a los flujos migratorios, y cómo eso está influenciado por la derecha más radical, la de los Minutemen, milicianos que en la frontera de Arizona buscan la expulsión de los migrantes a los tiros.

A pesar de eso, destacaron la participación de muchos grupos comunitarios nuevos en el populismo de izquierda, como ocurrió el día de la asunción de Trump. “Había diez mil personas en el bloqueo, movimientos como Justicia Climática, Occupy, Black Lives Matters, Justicia Racial, feministas, antifascistas y anarquistas, gays y lesbianas, muchos estuvieron ahí manifestando su disconformidad”, contó Juris. Y esbozaron que su subjetividad política está construida en la superioridad numérica. Es la del 99% de la población contra el 1% que concentra el poder de las corporaciones y del capital.

 

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