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Un espectro americano. El jopara

Mateo Niro (mateoniro@gmail.com)
Universidad de Buenos Aires - Instituto “Joaquín V. González” –
Instituto de Investigación sobre Conocimiento
y Políticas Públicas (CIC)

 

Genealógicamente, “jopara” es una palabra guaraní que significa, en términos generales, mezcla, y de manera más específica se refiere a un guiso rústico hecho de maíz, porotos, carne seca y otros ingredientes. Este sentido se trasladó a la esfera lingüística, y allí, eso que originalmente era metáfora derivó en nombre cristalizado del “híbrido” entre el guaraní y el español de uso muy extendido en el Paraguay.

El jopara, también llamado “tercera lengua” (distinta al castellano y al guaraní) o “lengua viva” (en contraposición a ¿lengua muerta?), no goza hasta hoy de una definición unívoca. En su realidad sociolingüística mayoritaria, en sus escurridizas teorizaciones y en sus descalificaciones oficiales, el término exhibe, como pocos, las distancias que existen entre el dicho y el hecho, porque mientras en el Paraguay se exalta al guaraní como estandarte nacional e instrumento de inclusión y cohesión, en el mismo movimiento se le resiste a la boca que lo habla como lo habla.

Hedy Penner, en su libro Guaraní aquí. Jopara allá (Berna, Peter Lang, 2014), dedica un capítulo completo a la problemática de las definiciones para concluir que “en el fervor de catalogar lo que el hablante llama jopara y lo que los gramáticos han contribuido en hacer existir, las imprecisiones terminológicas son tan frecuentes como reiterativas.” (p. 146). Veamos algunas aproximaciones a estas definiciones, descripciones y consideraciones del jopara en las últimas décadas. Ramiro Domínguez desestima al jopara como “lengua cristalizada y uniforme”, o como “tercera lengua” a la que acuden los paraguayos para expresarse con más fluidez y espontaneidad que en las lenguas madres (“Glosario de jopara”, Asunción, CePES, 1978). Wolf Lustig, por su parte, lo considera como mezcla de lenguas más que como lengua mezclada (“Mba’eichapa oiko la guaraní? Guaraní y jopara en el Paraguay”. Disponible en http://www.staff.uni-mainz.de/lustig/guarani/art/jopara.pdf, 1996). En trabajos más próximos, se opta por la utilización del término “yopará” (de esta manera se hispaniza la denominación) para designar el uso de los hablantes bilingües, para el hablar mezclando.

En síntesis, lo que prima en las definiciones es el titubeo sobre aquello a lo que se nombra como “jopara” y a su rotunda imposibilidad de asirlo. Pero debemos decir también que en ellas sí se esbozan algunas seguridades. Que, por ejemplo, se da por sentado la posibilidad de una/s lengua/s pura/s, en tanto y en cuanto se pueda separar la paja del trigo, donde la paja sería el español y el trigo, el guaraniete (una manera de nombrar “guaraní sin español”). Esto da cuenta también y de manera categórica que el jopara no es el guaraní (a secas, o guaraniete, o acompañado por los adjetivos “verdadero” o “puro”). Y también que, sea lo que sea, eso llamado “jopara” es lo que usa la mayoría de los paraguayos para comunicarse.

Aunque en los últimos años, ligado al fervor de la oficialización de la lengua guaraní, el tema fue puesto en foco tanto a nivel burocrático, escolar y académico, el jopara como realidad sociolingüística no resulta una novedad. Uno de los teóricos más profusos y eruditos sobre la cuestión guaraní, Bartomeu Melià, quien falleció recientemente, refiere que ya en el siglo XVIII existía esa distinción entre el guaraní de los jesuitas y el guaraní de quienes estaban por fuera de las reducciones. Asimismo, en las publicaciones populares que circularon durante las grandes guerras que enfrentó Paraguay en los siglos XIX y XX, el jopara tuvo el uso mayoritario.

A partir de la cooficialización del guaraní junto con el español en la reforma constitucional de 1992, se redactaron diversas normativas relacionadas con esta lengua, material bibliográfico y documentos prescriptivos, descriptivos y evaluativos sobre prácticas pedagógicas. Es en esos mismos documentos oficiales donde se explicita el valor del jopara como “problema” (causante de interferencias, transferencias, préstamos y otros obstáculos varios). El ingreso del guaraní a la escuela forjó el deber de transformar lo que resultaba inquieto, maleable y dinámico en estándar, fijo, norma. Asimismo, la necesidad de purgación de lo turbio. Por los siglos de contacto entre el guaraní y el español, el préstamo es uno de los elementos centrales en la problemática de cualquier diseño de estandarización de esta lengua. El criterio sobre el hispanismo es clave en la confección de los diccionarios y gramáticas del guaraní, ya que se debe asumir decisiones que involucran no solo cuestiones operativas sino también ligadas a la propia idea de lengua. Para esbozar posiciones antagónicas, podemos señalar que la ideología purista sobre el guaraní no acepta el hispanismo como parte de la lengua vernácula y promueve, en consecuencia, el neologismo a partir de morfemas autóctonos, mientras que la postura más heterodoxa acepta (y, en muchos casos, celebra) el préstamo.

Algunas de las frases corrientes que circulan en el Paraguay ilustran estos posicionamientos.  El guaraní es un sentimiento es unos de esos condensados ideológicos que funcionan en el discurso cotidiano, de los medios de comunicación, de la burocracia y la educación, y se emparenta en sus orígenes a la etapa de la “reducción nacionalista/indigenista”, según las categorías de Bartomeu Melià. Las representaciones que operan sobre la lengua guaraní la circunscriben al “corazón” y los valores tradicionales, mientras que el castellano está ligado, obviamente, a la razón y a la modernidad. Otro de esos lemas, el guaraní es el Paraguay, apela más bien a la cuestión identitaria que liga la lengua a la nación. Esta, heredada tardíamente del romanticismo alemán, sostiene que la lengua es un aspecto fundamental de la definición étnica de nación y aquello que permite reconocerla como tal.  Pero esto lleva consigo una problemática fundamental: ¿de qué guaraní estamos hablando? Porque esa lengua esencializada requiere, a partir de su institucionalización, de ciertas precisiones y, para esto, decisiones sobre la lengua, los usos y las normas.

Como dijimos, la oficialización de la lengua implica su transformación y se trata del deber ajustar ese espejo del espíritu. Una última de estas frases hechas que citamos para esta Nota, el guaraní es la lengua nuestra, se constituye a partir de un elemento enunciativo que en castellano es ambiguo y en guaraní es determinante: ñandé (nosotros inclusivo) frente al oré (nosotros exclusivo). La pregunta que cabe hacerse en esto es: ¿quién es ese “nosotros”? Porque, a propósito de esto, llama la atención cómo en el Paraguay, aun en aquellos discursos inclusivos y a favor de la identidad y la autenticidad, se esgrimen calificaciones de lo más virulentas sobre el jopará. Por ejemplo, la de Tadeo Zarratea, intelectual y político clave para la sanción de la Ley de Lenguas: “esa jerigonza lamentable que habla nuestro pueblo por el abandono de la lengua guaraní por parte de Estado y por falta de reconocimiento y asunción del bilingüismo paraguayo por quienes tienen el deber de asumirlo” (La ley de Lenguas en el Paraguay, Asunción, Servilibro, 2011, p. 42). Entonces, podemos otorgarle la vacuidad del estereotipo o provocar la desambiguación con la pregunta: cuando se dice que el guaraní es la lengua “nuestra”, ¿es ñandé o es oré?

La problemática que trae consigo la preeminencia sobre los aspectos identitarios de la lengua (guaraní, en este caso) en desmedro del jopara es doble. No solo esta lengua oficial se convierte en la norma teórica, sino que ese prototipo cuestiona al hablante real también –y fundamentalmente- en relación con el sujeto ideal paraguayo. Es a partir de este rasgo identitario (sumado a la constelación de valores categóricos que lo cargan) como se traza una línea divisoria entre la lengua guaraní que se reivindica y los sujetos guaraní-hablantes que no.

Como vemos, uno de los principales problemas con los que debió enfrentarse la oficialización del guaraní durante las últimas décadas en el Paraguay no se dio tanto con el español sino con el jopara. Esto, en medio de discursos, propuestas y políticas lingüísticas que a priori se fundamentaban en valores ligados a la autenticidad, la identidad y la inclusión. Pero la estandarización (como la que se viene dando en las últimas décadas) revela ideologías, pide el trazado de límites fijos y exige compromisos para el presente y, sobre todo, para el futuro. A todo esto, el jopara parece escurrírsele entre indefiniciones y movilidades y provocarle desconciertos, transformándose así en cifra del caso paraguayo, que viene a tensar los discursos sobre las lenguas, las ideologías lingüísticas y los estereotipos y clishés sobre identidades e idealizaciones. Como dice Penner, hay un espectro que flota sobre las ideas lingüísticas, las políticas lingüísticas y los estudios lingüísticos: ese fantasma se denomina “jopara”. Porque es el que no viene a confirmar regularidades, sino a ponerlas en cuestión, a llenarlas de espanto.

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