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“Qué lo qué”: un cordobesismo. De la excepción a la norma

Marcelo Díaz

Instituto Superior Ramón Menéndez Pidal

Universidad Nacional de Río Cuarto (Argentina)

Así, así, así, así te quiero enseñar
así, así, así, así yo te quiero hablar
así, así, así, así te voy a mostrar

La Mona Jiménez

Hace varios años, cerca del Instituto Goethe en la ciudad de Córdoba, después de la presentación del libro Hacerse el muerto (Madrid, Páginas de espuma, 2011) de Andrés Neuman, surgió una charla sobre aquellas expresiones, o usos de la lengua, que en la provincia de Córdoba son frecuentes y están naturalizadas, pero que percibidas desde el exterior tienen una singularidad y una extrañeza que llaman la atención. Neuman no estuvo en esa oportunidad ajeno a la conversación, ya que además de escritor es Licenciado en Filología por la Universidad de Granada (España) y también, en diferentes momentos, tanto dentro como fuera de su obra literaria, se ha mostrado interesado por los usos del español y sus variaciones. En este contexto hubo una expresión que nos sorprendió a todos: “qué lo qué”. Es muy recurrente el uso del “qué lo qué” en modo de pregunta para completar el sentido de un enunciado que no se termina de comprender por el destinatario. Pero antes de seguir quisiera situar algunas inquietudes.

Carlos Schilling (disponible en http://www.lavoz.com.ar/numero-cero/asi-hablamos-los-cordobeses) ensayó algunas lecturas acerca de las variaciones del español en estas geografías; para él, en cierto modo, no existiría una lengua cordobesa, sino varias donde hay zonas de contacto que terminan por establecer una suerte de sincretismo lingüístico hacia el interior de la misma provincia. Las diferencias están dadas por regiones geográficas y tonos o formas de la voz. Por ejemplo en la región de Traslasierra la palabra “lluvia” suena en algunos casos como “iuvia”. De hecho, el mismo Daniel Moyano en la novela Tres golpes de timbal recupera de manera lírica la expresión en estos términos:

Se acurrucó protegiéndose del agua y al mismo tiempo desprendiéndose del girasol donde la tenía fija en mi memoria, y volví a sentirla estar en mí como el fuego en su color. Soy la Céfira, dijo aquel día, de la misma manera que ahora decía que aquello que caía se llamaba lluvia, mejor dicho iuvia, según su manera montañesa de llamarla.

Claro que “montañesa” aquí sería sinónimo de “serrano” o “serranía”. Y es la “iuvia” de Traslasierra la que salpica las páginas de la novela de Moyano, como si el paisaje engendrara no sólo sus caracteres sino que además modelara sus formas de decir y de vincularse con la lengua de una manera más orgánica.

El asunto es que Schilling divide la provincia, de acuerdo con el criterio de la Prof. María Teresa Toniolo, de la Universidad Nacional de Córdoba (http://www.lavoz.com.ar/numero-cero/mapa-de-acentos), en cuatro cuadrantes, según un criterio fonético: el noroeste, con una tonada de esdrújulo; el sur y el este, marcadas por la herencia del italiano; y la capital, o centro, donde todavía se problematiza si el origen de la tonada cordobesa proviene de los comechingones o de los sanavirones. La prolongación de la vocal presente en la sílaba anterior a la tónica y el hecho de alargar las palabras son una marca identitaria de los hablantes que habitamos este territorio.

Diego Capusotto, en relación con lo último, tenía un sketch (disponible en https://www.youtube.com/watch?v=5TTMzJLr3yY ) donde enseñaba a hablar el cordobés, como si se tratase de un idioma con sus reglas propias y su gramática. En esa dirección puede que si para Capusotto el cordobés es una lengua, un idioma, digamos, supongo que tendría también una morfología propia, por eso no es lo mismo decir: “negro” a decir “negrazo”, “frío” a “friazón”, “loco” a “locón”, “oferta” a “ofertononón”, y así. Todavía no he encontrado un artículo que estudie esas formas morfológicas de esta región del país y bien podría ser un terreno nuevo de lecturas e investigación.

Si el cordobés existe como tal estaría definido además por usos léxicos y fraseológicos que de tanto repetirse se han vuelto comunes. Y no habría que descartar que el cordobés entendido como lengua, si bien para mí muchas veces sea una variación, tiene más que matices una fuerte impronta ideológica. En algunos casos pareciera ser que las palabras encuentran su correlato en las cosas de manera idónea en términos contextuales e ideológicos. Volvamos al uso de las flexiones y pensemos por un minuto en la expresión “el cordobazo”. ¿Qué nombre podría haber tenido un evento de semejante magnitud en 1969? El hecho histórico resuena en la propia praxis lingüística, definida de acuerdo a sus condiciones pragmáticas en la que los hablantes y oyentes configuran sus identidades sociales. El plano ideológico y lingüístico actúa en formaciones culturales y sociales que terminan bajo el nombre mencionado y que luego será objeto de estudio de historiadores y politólogos.

En fin, “qué lo qué” está integrado a los ejemplos de los párrafos anteriores pero tiene una particularidad. Por empezar, no he encontrado un artículo para saber si lleva o no tilde. De respetar la norma el “que” en su modalidad interrogativa debería llevarlo. Funciona como una suerte de economía de la lengua. Es una manera de decir tal vez “qué es lo que es…” y articula otras expresiones que usamos a diario como “qué es eso”. Para esta instancia del análisis la morfología no es necesaria, tampoco la fonética. Se produce lo que en gramática se denomina catálisis: se suprime una palabra y entonces hay que reemplazarla por otra. El problema, el ruido, que muchas veces es entendido como una humorada, radica en que si tenemos una pregunta, formada por un pronombre interrogativo (“qué”) lo que sigue en la construcción de la oración debería darnos una idea completa del tema y en vez de eso nos encontramos con el pronombre relativo “lo que”. El desconcierto, o la sorpresa, de los hablantes y de los oyentes está en la resignificación del “lo que” porque es un término que se refiere a una idea anterior y en este ejemplo esa información no está enunciada de manera íntegra y en su lugar sólo tenemos la palabra “qué” gravitando en el vacío. Es un dialecto en cuanto se trata de una de las posibles variedades en la que se puede expresar el español, variante asociada con una determinada zona geográfica, en este caso circunscripta a la provincia de Córdoba.

El uso comúnmente aceptado de esta expresión de modo imprevisto presupondría la existencia de un contrato compartido, muchas veces tácito, que preserva formas lingüísticas de comunicación que de a poco se imponen como norma social, y norma de la lengua, mediante la naturalización de estas expresiones con la práctica. Lo curioso, para regresar al punto de partida, es la complejidad dentro de un universo de reglas gramaticales, morfológicas, fonéticas, semánticas y de frases hechas que sólo adquieren significación hacia el interior de la Docta. Quién dice que preguntarse por cómo hablamos los cordobeses a partir de ejemplos parecidos al de “qué lo qué” no sea equivalente a preguntarse por la cuadratura del círculo, es decir que sólo con el tiempo y con una perspectiva de estudio más amplia, donde se integre el Estado, la política, la pragmática y las variaciones sociolingüísticas, encontraremos los instrumentos lingüísticos adecuados para pensar en lo que decimos dentro de una provincia que encuentra en sus fronteras políticas, sociales, culturales y legales una lengua común.

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